Daniel Inclán[1]
Una jaula fue en busca de un ave
Franz Kafka, Aforismos
El ejercicio del poder necesita ponerse en escena, no sólo para comunicar a quienes sujeta, también para construir nuevas semánticas que modifiquen los discursos y las verdades socialmente aceptadas. La celebración con vino espumoso por la aprobación en el parlamento israelí de la pena de muerte para los llamados “terroristas”, es un gesto teatral que anuncia el tránsito a una nueva época. No es el retorno a la justicia arcaica e “incivilizada”, ni la repetición de las leyes eugenésicas del nazismo, ni la pérdida del derecho internacional. La celebración encabezada por Itamar Ben Gvir, Ministro de seguridad nacional de Israel y líder del partido reaccionario Otzma Yehudit, no es un acto irreflexivo; su obscenidad es deliberada. Rebasar los marcos, más o menos aceptados para las deliberaciones parlamentarias, busca amenazar a todas las personas que resistan al estado teológico militar, como la gente en Gaza y Cisjordania que se levanta todos los días para hacer cara a un genocidio en curso; además, intenta reorganizar la narrativa sobre la derrota que significó para la política policiaca la incursión de Hamás el 7 de octubre de 2023.
La aprobación de una ley que gestiona la muerte bajo criterios políticos y étnicos es la puerta para un nuevo orden legal internacional, que sanciona lo que hoy sucede en las zonas grises de los marcos normativos capitalistas: esas geografías jurídicas en las que no es claro dónde termina lo legal y dónde inicia lo ilegal, donde está lo lícito y lo ilícito. En las últimas décadas, la acelerada expansión de las zonas grises ha permitido una diseminación de prácticas represivas con bajos costos políticos, porque las acciones se enuncian como consecuencia de la actividad “criminal organizada” o por la inacción de los estados. Con la aprobación de la pena capital para un grupo específico, se redefine el sentido de las lógicas represivas; se vuelve operación de estado lo que sucede en las zonas grises.
Ahora no es necesario asumir los costos políticos, porque el funcionamiento selectivo de la ley es para combatir y “obliterar” amenazas existenciales. Las políticas estatales para matar no tienen que responder a ninguna instancia local o internacional, simplemente suceden porque tienen la fuerza militar y policial para llevarse a cabo. Y la diplomacia internacional guarda silencio estratégico, porque se están preparando escenarios locales que repliquen las prácticas sociales genocidas y las políticas represivas militarizadas. Ben Gvir puede brindar y asegurar una cobertura mediática mundial, porque está anunciando al mundo las lógicas punitivas por venir.
El foco de la nueva ley es la redefinición del terrorismo, esa piedra angular que desde 2001 determina la geopolítica punitiva, después de otro escenario de derrota en el centro del hegemón, que obligó a casi todos los países del mundo a promulgar leyes antiterroristas. Hoy los terroristas son definidos como aquellas personas que niegan la existencia de un estado, en este caso el de Israel. Aunque es claro que se dirige hacia la población palestina, porque se asume que ella es la fuente de la amenaza existencial, puede apuntar hacia cualquier persona que el poder soberano defina como peligro vital.
La justicia emanada de la construcción simbólica del terrorismo rompió las pocas barreras entre justicia y política, entre la justicia y la economía. Con la nueva ley se profundiza la dimensión política y económica que definen los contenidos de la justicia. No estamos ante una ley que busque la disuasión o el castigo ejemplar de los llamados actos terroristas, busca una nueva manera de gestionar poblaciones y controlar territorios. La muerte en la horca es una representación de las relaciones que el cuerpo asesinado sintetiza: de las memorias que encarna, del territorio que habita, de la cultura que practica. La legitimidad social busca ganarse mediante una simplificación del mundo, entre los malos terroristas y las personas de bien, aquellas que respetan la razón existencial de los estados y los beneficios concentrados en los que se materializa.
Aunque aún falta un largo camino para que la pena de muerte entre en vigencia en Israel, la teatralización del poder ya está funcionando. Hoy la horca se celebra con vino espumoso, con una política de la ignominia que puede desarrollar un genocidio y multiplicar los escenarios de la destrucción bajo argumentos metafísicos. El objetivo es claro: garantizar la apropiación de territorios y la concentración de la riqueza en pocas manos, en nombre de una defensa existencial.
[1] Doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. Integrante del Observatorio Latinoamericano de Geopolítica.

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