Las infraestructuras de la inteligencia artificial: poder corporativo y polarización global

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Cuando interactuamos con un sistema de inteligencia artificial (IA), solemos imaginar procesos etéreos que ocurren en la “nube”. Sin embargo, como han argumentado los estudios críticos sobre la IA, ese tipo de metáforas son desorientadoras, pues contribuyen a ocultar que la IA es una infraestructura material de escala planetaria. Su desarrollo e implementación dependen de vastas infraestructuras desplegadas por todo el mundo, cuya propiedad y control están cada vez más concentrados en el gran capital transnacional.

En este artículo se argumenta que, en las condiciones actuales de control corporativo sobre las infraestructuras, la IA reproduce y profundiza las desigualdades globales. A través del análisis de dos infraestructuras físicas fundamentales para su funcionamiento –los cables submarinos de fibra óptica y los centros de datos en la “nube”– se muestra cómo la topología material de la IA replica patrones históricos de dominación, amplia las asimetrías y genera nuevas formas de dependencia tecnológica.

Los cables submarinos de fibra óptica

Para su adecuado funcionamiento, los sistemas de IA requieren que la circulación de datos sea muy acelerada. Cuando una persona interactúa con un sistema de IA –por ejemplo, cuando solicita a Amazon Alexa que encienda la luz de una habitación–, la información debe transmitirse desde el dispositivo hasta un centro de datos a cientos o miles de kilómetros de distancia, procesarse con algoritmos especializados y retornar al dispositivo donde se ejecuta el comando. La necesidad de reducir el tiempo de circulación de los datos es aún más crítica en otras aplicaciones de la IA, como los vehículos autónomos o la maquinaria industrial.

Actualmente, la mayoría de las personas usamos internet a través de conexiones Wi-Fi y datos móviles. Esto puede generar la idea de que los datos circulan principalmente por el aire. Sin embargo, la realidad es muy distinta: cuando usamos un teléfono móvil, la información sólo se transmite de manera inalámbrica desde el dispositivo hasta la torre celular más cercana. Desde ahí, los datos circulan por cables de fibra óptica, que transportan la información entre países y continentes por tierra y por las profundidades del océano. A continuación, nos referiremos a los cables submarinos de fibra óptica.

Los cables de fibra óptica son la evidencia más tangible de la materialidad de internet y la IA. Esos cables son como una gigantesca red que envuelve al planeta. A finales de 2025, había más de 600 cables submarinos activos y planeados. Los cables en servicio alcanzaban una extensión de 1.48 millones de kilómetros –esto es, podrían dar la vuelta a la circunferencia ecuatorial de la Tierra aproximadamente 37 veces.

Red global de cables submarinos de fibra óptica

Fuente: Submarine Cable Map (https://www.submarinecablemap.com/). Reproducido bajo licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional (CC BY-SA 4.0).

Estos cables –cuyo grosor oscila entre una manguera de jardín y un antebrazo– funcionan como las arterias de internet, por las que transita la mayor parte de los datos. Su importancia es mayúscula: 99% del tráfico intercontinental de internet circula a través de estos cables submarinos. Aunque en décadas recientes se han inventado nuevas tecnologías de comunicación satelital, los cables siguen siendo la forma más rápida, barata y confiable para transmitir información a largas distancias.

Su estructura es sumamente compleja. En su núcleo hay haces de fibra óptica –hechos de hilos de vidrio más delgados que un cabello humano–, recubiertos por múltiples capas de materiales de aislamiento y protección para garantizar su funcionamiento ininterrumpido incluso en las inhóspitas condiciones del fondo marino.

Los cables transmiten información codificada como pulsos de luz infrarroja que viajan a través de las fibras de vidrio a velocidades cercanas a la de la luz en el vacío. Esta infraestructura permite que los datos recorran miles de kilómetros en milisegundos: en los cables más nuevos, los datos pueden viajar de Nueva York a Londres en 33 milisegundos. Para poner esta velocidad en perspectiva, un parpadeo humano dura aproximadamente 150 milisegundos, lo que significa que mientras una persona parpadea una vez, un paquete de datos puede cruzar el océano Atlántico entre cuatro y cinco veces. Esta velocidad es clave para el adecuado funcionamiento de los sistemas de IA.

Los cables submarinos de fibra óptica que transportan los datos de internet son herederos de los cables telegráficos del siglo XIX, originalmente instalados para comunicar a los grandes centros económicos trasatlánticos y para permitir que los imperios europeos controlaran sus colonias. Asimismo, estos nuevos cables suelen seguir las mismas rutas que históricamente controlaron las potencias imperiales para la extracción de riquezas y el ejercicio del poder sobre regiones subordinadas, reproduciendo los patrones coloniales e imperialistas de dominación.

En los primeros años de internet, los cables submarinos fueron instalados y operados principalmente por empresas nacionales de telecomunicaciones. La distribución de esta red estaba muy concentrada en términos geográficos: casi todos los cables convergían en unos pocos puntos de anclaje ubicados principalmente en Estados Unidos y Reino Unido. No obstante, su propiedad estaba relativamente diversificada entre múltiples operadores.

Esta configuración de la red comenzó a cambiar a mediados de la década de 2010, cuando los gigantes tecnológicos ampliaron su control sobre estas infraestructuras. Actualmente, empresas como Alphabet, Meta, Amazon y Microsoft realizan grandes inversiones para instalar y operar sus propios cables submarinos, que conectan sus centros de datos en diferentes países. Desde 2018, estas corporaciones ya poseían o alquilaban más de la mitad del ancho de banda de los cables submarinos a nivel mundial. En noviembre de 2025, Alphabet –empresa matriz de Google– era propietaria o inversionista de 34 cables submarinos; Meta –matriz de Facebook e Instagram–, de 20; Amazon, de 8; y Microsoft, de 8.

Este cambio en la topología de la red de cables de fibra óptica representa una interesante paradoja: mientras la distribución espacial de los cables se vuelve más dispersa y más zonas del planeta pueden conectarse a internet, su propiedad se concentra cada vez más en unas pocas corporaciones gigantes. Este movimiento forma parte de una estrategia más amplia de las empresas tecnológicas por controlar las infraestructuras críticas de la digitalización en la era de la IA y evidencia una marcada tendencia hacia la centralización del poder infraestructural en manos del gran capital tecnológico.

Los centros de datos

Los centros de datos constituyen la infraestructura fundamental de la economía digital y, particularmente, de la IA contemporánea. Al contrario de lo que sugiere la metáfora etérea de “la nube”, se trata de enormes edificios –equivalentes en tamaño a varios estadios de futbol– con cientos de miles de computadoras interconectadas, en las que se almacenan y procesan volúmenes masivos de datos. Para entrenar y desplegar sistemas de IA a gran escala, los centros de datos deben contar con miles de chips especializados interconectados, capaces de procesar información en paralelo. Los más usados de estos chips especializados son las unidades de procesamiento gráfico (GPUs), diseñadas por la estadounidense Nvidia. Siguiendo la metáfora de Andrew Ng, director del laboratorio de IA en Stanford, si la IA es la “nueva electricidad”, los centros de datos serían las centrales eléctricas donde se genera esa energía.

Los centros de datos implican una centralización inédita de las capacidades computacionales: en lugar de que empresas o gobiernos lleven a cabo el procesamiento y almacenamiento en sus dispositivos locales, los subcontratan a las corporaciones que controlan los centros de datos. Esta concentración permite a los gigantes tecnológicos ofrecer la IA como un servicio estandarizado, convirtiendo el control sobre esta infraestructura en un elemento clave de poder en la economía digital.

En dos estudios recientes, Lehdonvirta, Wú y Hawkins (2024 y 2025) han documentado la distribución desigual de las infraestructuras de cómputo en la nube a nivel global. En 2023, solo 39 países contaban con al menos una región de centros de datos en la nube, y de estos, únicamente en 30 hay regiones con centros de datos equipados con GPUs capaces de procesar IA.[1] En la mayoría de los países del mundo no hay ninguna región de centros de datos en la nube.

Incluso en las infraestructuras ubicadas en estos 30 países existe una marcada polarización funcional. Los modelos de GPU más avanzados (A100 y H100 de Nvidia), necesarios para entrenar nuevos sistemas de IA, sólo están presentes en 15 países, además de Estados Unidos y China. Otros 13 países cuentan con GPUs menos potentes (como el modelo V100), adecuados para implementar sistemas de IA existentes pero insuficientes para desarrollar nuevos modelos. Esta distribución desigual revela una jerarquía mundial en la capacidad de cómputo, en la que hay tres estratos claramente distinguibles (en cuya caracterización los autores citados retoman la metáfora sobre el Norte y el Sur globales):

  • El “Norte computacional”: países con infraestructuras adecuadas tanto para implementar como para desarrollar nuevos sistemas de IA.
  • El “Sur computacional”: países con capacidad para desplegar los sistemas de IA existentes, pero sin infraestructuras adecuadas para desarrollar nuevos modelos.
  • El “desierto computacional”: la mayoría de los países, sin ninguna región de cómputo en la nube equipada con GPUs.

Si la distribución geográfica de los centros de datos es sumamente desigual, la concentración es aún más extrema en términos de su propiedad. El mercado mundial de cómputo en la nube está concentrado en un puñado de corporaciones: Amazon Web Services, Microsoft Azure, Google Cloud, Alibaba Cloud, Oracle, Salesforce, IBM, Huawei y Tencent Cloud. De estas nueve empresas, seis tienen sede en Estados Unidos y tres en China. Las tres mayores corporaciones estadounidenses –Amazon Web Services, Microsoft Azure y Google Cloud– concentran más de 60% del mercado mundial, mientras que las empresas chinas –Alibaba Cloud, Tencent Cloud y Huawei– controlan aproximadamente un tercio del mercado.

En el caso de los centros de datos, la topología de internet está aún más concentrada que en los cables submarinos de fibra óptica. Su configuración evidencia que la producción de la IA se concentra en dos grandes potencias rivales –Estados Unidos y China–, cuyas corporaciones se disputan el control de la infraestructura crítica para su desarrollo e implementación. Asimismo, muestra una concentración extraordinaria del poder de cómputo en un puñado de corporaciones tecnológicas, principalmente estadounidenses.

Consideraciones finales

Contrario al sueño tecnolibertario de la década de 1990, internet no es una red rizomática y distribuida de servidores autoorganizados, sino una infraestructura hipercentralizada y jerárquica cuyos nodos críticos son propiedad de las corporaciones más grandes de la historia.

Las implicaciones de esta configuración de la red son numerosas y ameritan una amplia discusión –algo que, desafortunadamente, no podemos hacer aquí. Una cuestión relevante es que en la era de la IA las infraestructuras se han convertido cada vez más en fuentes de poder económico y político. Los sujetos que las controlan –las corporaciones transnacionales y los Estados donde tienen su sede– pueden utilizarlas como armas y herramientas de negociación geopolítica.

Las implicaciones para los países del llamado Sur global también son relevantes. Al contrario de lo que plantean instituciones como Cepal, en las condiciones actuales la IA no conducirá a superar las “trampas del desarrollo”. Dada la configuración polarizada y jerárquica de las infraestructuras necesarias para su funcionamiento, su adopción subordinada por parte de los países periféricos tenderá a reproducir los patrones históricos de desigualdad global que han caracterizado al capitalismo. Más aún, traerá consigo nuevas formas de dependencia y subordinación mediadas por las infraestructuras controladas por el gran capital transnacional, profundizando las asimetrías en el sistema mundial.

Referencias

Lehdonvirta, V., Wú, B., & Hawkins, Z. (2024), “Compute North vs. Compute South: The Uneven Possibilities of Compute-based AI Governance Around the Globe”, Proceedings of the AAAI/ACM Conference on AI, Ethics, and Society, 7(1), 828-838. https://doi.org/10.1609/aies.v7i1.31683.

Lehdonvirta, V., Wú, B., & Hawkins, Z. (2025), “Weaponised interdependence in a bipolar world: how economic forces and security interests shape the global reach of US and Chinese cloud data centres”, Review of International Political Economy, 32(5), 1442-1467. https://doi.org/10.1080/09692290.2025.2489077.


[1] Las empresas tecnológicas definen una región de centros de datos o región de la nube como un grupo de centros de datos interconectados que se ubican en un área geográfica específica. En general, las regiones llevan el nombre de una ciudad cercana –por ejemplo, Estocolmo, Los Ángeles, Montreal, etc.

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Artículo publicado en la Revista América Latina en Movimiento No. 559: https://www.alai.info/wp-content/uploads/2026/02/ALenMovimiento_559_febrero2026_Espanol-18-22.pdf

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